27/11/09

Aquel Agosto de 1972, cuando nació la Ciudad Sanitaria


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Hace escasamente seis meses, querido director, cayó en mis manos un recorte de una revista científica norteamericana que hacía una importante reseña del complejo Hospitalario “Juan Canalejo” de nuestra ciudad. Así lo llamaba, pues en el país del rodeo, la NBA, la NASA, la CIA, la estatua de la Libertad. Manhattan…, no entienden de estas chorradas tan españolas de vestir a un santo para desvestir a otro, en este caso con la malhadada ley de la ¿memoria?, solo de Zapatero y sus secuaces, ¿histórica?, como si la historia tuviese leyes a las que a tenerse. Eso demuestra a las claras la catadura moral de semejante individuo que nos desgobierna. Hablaba, volviendo al tema, de la gran labor que realiza diariamente el centro sanitario coruñés, sobretodo en lo concerniente a trasplantes, donde un gran equipo de profesionales desarrolla su labor para elevar y mejorar la calidad y la esperanza de vida. Pioneros en diversos campos de la medicina e investigación, la publicación yanqui finalizaba su información diciendo que la ciudad sanitaria es un orgullo para España y en concreto para la Coruña y los Coruñeses.

Hagamos trabajar un poco a nuestra imaginación y viajemos a través del túnel del tiempo para situarnos en aquel agosto de 1972 en que la Ciudad Sanitaria iba a ser una palpable realidad.

Agosto es en La Coruña el mes por antonomasia. Atrás quedaron las fiestas del Carmen y las hogueras de San Juan, que ese año, proclamaban en el Paraninfo del Instituto Eusebio Da Guarda de la Plaza de Pontevedra, entre guardias de honor de la época de Carlos I, poemas, marcha militar de Shubert, flores, pregón a cargo del escritor Paco de la Colina y jóvenes directivos ataviados de smoking, a Rocío Prada Lens, una guapísima “brujita a dos colores”,-así la definió la prensa local debido a que el traje de noche que llevaba para la ocasión era blanco con un chal negro- como tercera Meiga Mayor de las Hogueras de San Juan, una fiesta que había irrumpido en nuestra ciudad, como un soplo de aire fresco, para salvaguardar la ancestral Noche de San Juan, que ante el crecimiento desmesurado de la ciudad, corría serio de peligro de desaparecer para siempre. Es curioso que Rocío ha sido la única Meiga Mayor hasta la fecha que fue proclamada con vestido blanco. Todas las demás, han lucido siempre vestidos de noche en color negro.

El verano por tanto se encuentra en su punto álgido y las fiestas de María Pita marcan de forma indeleble esas jornadas del calendario anual. 1972 no podía ser de otra forma. La Coruña lucía sus mejores galas con motivo de la estancia estival del Jefe del Estado, Generalísimo Franco en las incomparables Torres de Meirás. Durante numerosos días, la ciudad de cristal, se convertía en la capital fáctica de la Nación. Calles engalanadas con banderas Nacionales, hoteles a rebosar y un sin fin de ministros, subsecretarios, directores generales, miembros del regimiento de la Guardia de su Excelencia, amén de determinados personajes que venían a solicitar o demandar de los poderes gubernamentales, algún favor o prebenda.

En el relleno se iniciaban las fiestas con la actuación de unos de los conjuntos de moda: “Los Pequenikes”. El grupo madrileño era, junto a Nino Bravo con “Un beso y una Flor”; Los Diablos con su “Oh July” y Fórmula V con “Vacaciones de verano”, los que comandaban las listas de superventas.

El Alcalde, José Pérez Ardá, acompañado de su corporación, recorría nuevamente las calles, entre maceros, heraldos y Guardia de Gala, para renovar el voto de la ciudad a su Patrona, la Virgen del Rosario. Las tascas de la Estrella y Olmos eran un ir y venir de gentes que degustaban tazas del ribeiro y el incomparable marisco de nuestras costas. El deporte fue ese año uno de los grandes protagonistas en nuestra querida ciudad. España se proclamaba Campeona del mundo de Hockey sobre Patines al derrotar por 4-0 a su rival de siempre, Portugal, en una noche inolvidable vivida en el palacio de Deportes que acababa de inaugurarse. Astillero de Santander se llevaba la regata de Traineras y conquistaba en propiedad la Copa del Generalísimo. Nuestro querido Deportivo también era noticia por diversos motivos: Manolete era traspasado al Valencia por la astronómica cantidad para aquellas fechas, de siete millones de pesetas. Lejos quedaban todavía los cuatro mil millones que se pagaron por Rivaldo y por Flavio. En el Trofeo conde de FENOSA, el Depor, caía ante el Eintrach alemán por 1-0. Sin embargo y a pesar de la derrota, un logro importante venía a marcar la vida de nuestro Real club ya que se inauguraban los nuevos locales de la Plaza de Pontevedra que sustituían a los de la Plaza de Santa Catalina, gracias a la labor infatigable del recordado y buen amigo, Antonio González que por aquellos años capitaneaba y presidía la nave blanquiazul.

El Imperator vencía al Español de Santa Lucía por 3-1 y se hacía con la Copa de La Coruña de fútbol modesto. Ese fútbol aficionado coruñés celebraba con alegría las bodas de oro de uno de sus clubes más emblemáticos, la S.D. Sin Querer de San Roque. Moncho Casal, “Papillón “Pardo de Andrade, Figueroa y el simpar Pirulo Iglesias obtenían resonantes triunfos en el torneo de Motonáutica, organizado por el Sporting club Casino y ante la atenta mirada del Caudillo Franco. Mientras, la Brigada Paracaidista, realizaba una exhibición de saltos en el cielo coruñés. Uno de los organizadores el dilecto amigo, el comandante Vizcaíno, contribuyó a que dicho evento fuese un completo éxito a pesar de que un “paraca”, resultó herido grave al salirse de la zona de saltos e ir a parar a un tejado de una casa del barrio de la pescadería.

La Travista, Turandot, entre otras, llenaban el Teatro Colón en el XX festival de amigos de la ópera. El hotel Finisterre servía de marco para la cena-homenaje al recordado periodista deportivo, Enrique Mariñas, donde el Ministro de Trabajo, Licinio de la Fuente, le imponía la medalla al mérito en el trabajo. La conocida cafetería Manhattan Plaza, abría sus puertas en la plaza de Pontevedra con la asistencia de lo más selecto del “jet” herculina.

El cine Riazor proyectaba entre otras “la Luz del Fin del mundo”; el Goya “Chisum” de John Wayne y en el Equitativa, dominios del inefable corneta y gran deportivista, Ramón Chousa,-quien por cierto, aquel verano, nos puso unas cuantas ocasiones de patitas en la calle a mi pandilla y a un servidor-, “el gran Gorila”.

Las sociedades no se quedaban rezagadas. El Casino organizaba un baile en el hotel Finisterre, -pues estaba construyendo su nueva sede social-, en honor a los participantes en el gran premio de Motonáutica, amenizado por las orquestas “Atlántida” y “Tabaquito y su Combo”. El club del Mar también celebraba una resonante verbena con al orquesta “Los Platinos”. El concurso Hípico internacional constituía un resonante éxito y marcaba el cenit de las actividades veraniegas de la querida sociedad cívico-militar. Rafael Salgado Torres, presidente del Aero club, nombraba presidente de honor de la entidad al ministro del Aire, Julio Salvador y Díaz Benjumea e imponía la insignia de oro a su inolvidable hermano, Enrique, director general, entonces, del Ministerio de la Vivienda con quien La Coruña, sigue teniendo una deuda histórica de gratitud.

Las peñas “O Leonardo” y “Cereixo”, entregaban al Asilo de Ancianos, setenta mil pesetas y los ex residentes de Norteamérica celebraban una comida benéfica en la Cocina Económica, ante la atenta mirada de Fernando Suárez.

La noche no tenía desperdicio; en el “Whisky club”, las parejas bailaban al son de boleros. Enfrente, en mis queridas “Gabeiras” del Hotel Atlántico, se escenificaba a cargo de la compañía Arístides, el Café-Teatro, “Tres cosas, tres ideas” original de José Luís Santos Lago. Carlos, el Bohemio, en su taberna de Orillamar, a ciento dos metros justos del cementerio, hacía las delicias del respetable con sus esperpénticos conjuros y sus magnificas tortillas de queso. Y para ambientes más excitantes, la sala de fiestas “Marux” en la calle Asturias, presentaba a la vedette Lola Montes muy ligera de ropa.

Los Príncipes de España, visitaban a Franco en Meirás y el Consejo de Ministros, celebrado en el Pazo, adoptaba entre otros acuerdos el de crear los colegios universitarios de Galicia; la construcción de la estación de autobuses de La Coruña y nombraba Capitán General de Galicia al Teniente General Carlos Fernández Vallespín.

Nuestro Ayuntamiento aprobaba los planes parciales de los Puentes y Palavea y las calles Santiago Gómez y el tramo Riazor-Orzán, iban a ser pronto realidad. Finalizaba igualmente el acondicionamiento del vertedero de Bens que entraría inmediatamente en funcionamiento.

Franco cenaba en el Ayuntamiento, estampaba su firma en el libro de honor y presenciaba una magna sesión de fuegos de artificio.

Era en suma la vida coruñesa de aquel ya lejano verano de 1972, cuando un 21 de agosto, el Caudillo, inauguraba la Casa del Mar y la Ciudad sanitaria “Juan Canalejo”. Acompañado por el Ministro de Trabajo y de numerosas autoridades, minutos antes de las doce, Monseñor Cerviño, Obispo Auxiliar de Santiago, bendecía las instalaciones, que Franco recorrió por espacio de algo más de una hora. Firmó en el libro de honor y sobre la 13,15 fue despedido en la puerta, -donde le esperaba sus espectacular escolta motorizada-, por el director del centro doctor Armenio Alves.

Mucho ha llovido desde entonces, pero por el complejo hospitalario de las Jubias, se llame como se llame, parece que no han pasado los años, muy al contrario, se ha rejuvenecido con nuevas ampliaciones y se encuentra a la cabeza de la red asistencial española y en el se llevan a cabo toda una serie de actos médicos, desde simples curas a complejas intervenciones. ¿Quién nos iba a decir que a las puertas de nuestras casas, nos podríamos operar a corazón abierto o trasplantar cualquier tipo de órgano?

Se lo debemos al trabajo serio y denodado de un nutrido grupo de hombres y mujeres que merecen, sin ningún tipo de dudas, la admiración y el cariño de sus paisanos.



Calin Fernández Barallobre

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